Describir ese cansancio después de viajar por avión 11 horas y esperar otras 2 horas más para
llegar a dormir en un suave colchón de un pequeño pero acogedor hotel, en un precioso y desconocido barrio londinense, es como de una súper cruda, traes 6 u 8 horas de diferencia de horario, no quieres nada mas que dormir ya, en donde sea, lo más pronto posible, te encuentras al borde del desmayo. Me tiré a dormir con ropa, calcetines y zapatos, boca abajo con el cabello cubriéndome la cara y por supuesto dormí delicioso, como un bebé.Descansé unas cuantas horas, cuando para mí eran las diez de la mañana, para los ingleses faltaba poco para la hora del té. No sentí el tiempo, mientras que para mí apenas era la una de la tarde, todo London ya habían cenado. Salí del hotel para respirar el aire fresco, acababa de llover; así que esa tarde fue completamente inglesa, sólo para mí, porque en las calles todos corrían molestos por la lluvia, la única caminante sin paragüas sonriente era yo, sintiendo el fresco en la cara -aunque arreció- yo seguía feliz recorriendo las calles estrechas, mirando las fachadas siempre blancas y continuas con geranios y malvones en todas las ventanas, como celebrando mi visita.
Todos volvían del trabajo, algunas parejitas iban abrazadas. Aún había luz y me di a la tarea de buscar donde desayunar ¿o cenar? Siguió la llovizna, todo mundo estaba apurado por ese pavimento brillante, queriendo terminar su día.
Regresé al viejo hotel con alfombra vino y paredes color mantequilla, subí por las crujientes escaleras, recorrí el pasillo nuevamente buscando el número de mi cuarto realmente pequeño, todo estaba perfectamente colocado en ese breve espacio, en donde no cabía nada más, solo lo indispensable. Pegada a la pared, junto a la ventana que daba a la calle una cama ancha, 2 espejos, una mesa de noche, dos tazas de porcelana y una cafetera blanca, la tele, todo, todo en chiquito.
Cansada aún, me senté en una orilla de la cama, me miré en el espejo con el cabello empapado. El cuarto encerró mucho calor, yo le añadí más con el vapor de mi cuerpo mojado. Despacito la luz cedió, pasaron las horas, luego las once de la noche y no podía dormir pues eran las 5pm para mí en mi reloj biológico. Leí varios folletos con los diferentes atractivos para conocer en la ciudad, miré la televisión, leí de nuevo, planeé mi itinerario para visitar Londres al día siguiente y nada… no lograba conciliar el sueño,¡ay no, al día siguiente sería igual! Estaba sola en esa ciudad. Sentí pena desperdiciar esa cama tan ancha y mullida solo para mí iluminada a través de la cortina delgada; afuera se oía el viento soplar entre las ramas de los árboles altos, curiosos de mí, vigilando, ocultándose tras la vieja abadía.
Cerré los ojos, pensé en ti, me aventuré con todas mis fuerzas volar sobre los tejados de Londres hasta tu casa…
La mente es poderosa ¡a medianoche empecé a volar! La noche era fresca, el vientecillo soplaba entre mi delgado camisón sin mangas. Bajo de mí veía la ciudad iluminada, toda en oro, sonreía porque yo la apreciaba de esa manera.
Como personaje de cuento volé rodeando el Big Ben todavía más grande al verlo tan cerca, el Parlamento -aún de noche- era serio e imponente, los museos estaban dormidos mientras el puente de Londres dejaba oír el leve sonido del río que daba la impresión de llevar peces plateados. La cruel torre de Londres con los cuervos satinados parecían asustados de mí, creo que pensaron en su hora final al verme volar, pero no, aún no merecen mi ira… ¡algún día vengaré su crueldad!. Buckingham, St. Jaimes Park, Picadilly y todos los teatros londinenses perdieron belleza cuando empecé mi vuelo sobre el mar oscuro y bravo, la piel se me erizó por la emoción de escucharlo. Recordé a los valientes de guerras y batallas, pensé en las hechiceras que vienen a tomar energía, como el aplauso al artista en su espectáculo. Nunca sentí frío, yo iba girando con el viento del Atlántico, bailando suavemente… luego pensé que si era de noche para mí, pronto amanecería para tí. Si me apresuraba te encontraría dormido plácidamente.
Contenta seguí mi viaje nocturno, ¿cómo reconocería tu casa y tu habitación? me pregunté. No tardé mucho en encontrarla, ¡tu olor me guiaría hasta ti! Entonces fui bajando poco a poco como las hadas dejando a mi paso una tenue estela rosa. Al poner mi primer pie en tierra tuve la sensación de despegar en un avión, con ese dolor embriagante en el bajo vientre y todo por hallarte durmiendo solo, confiadamente en tu cama, oliendo a ti… ese olor tan tuyo a madera y especias.
El póster de un lobo en la pared me miraba fijamente, los cajones me llamaban en voz baja, me pidieron asomarme a algunos de tus secretos dentro de ellos, a lo ordenado de tu habitación y a tus zapatos bien formaditos. Pero tu aroma era superior. Yo no sabía si seguir mirándote o meterme entre tus sabanas tibias llenas de ti y sin despertarte acomodarme entre tus brazos, “pedirle al sol” que se detuviera varias horas y quedarme así contigo disfrutando el sueño. Me llenaba los ojos con tus muslos que siempre me atrapan, quise con mis mejillas acariciarte el pecho felpudo, acerqué mis labios a tus vellos sedosos; fui dibujándote desde la clavícula hasta las costillas con mis nuevas manos de hada con alas transparentes, que permiten viajar en ese país imaginario en que todo es posible y nada detiene, ni el tiempo ni el espacio.
Betina.
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