

(SEGUNDA PARTE)
La puerta del centro de Yoga estaba cerrada, se oía música conocida por mi alma, escuché el sonido de muchos cascabeles, campanitas o panderos, no podía definir qué eran pero mi corazón reconoció ritmos, como si hacía mucho que no la escuchaba, es algo que no puedo explicar. Insistí en que me abrieran, no sabía que no podía pasar. Había un grupo de mujeres jóvenes y no tan jóvenes imitando los movimientos de su maestra menuda, cabello largo y ojos finitos, iban con faldas con moneditas amarradas por la cadera que sonaban al caminar descalzas por el salón con piso de parquet; pero la música… la música árabe fue la que me cautivó. Estuve mirando sus secuencias por 15 minutos y me enganché, a primera vista creí poder bailar lo mismo que todas, jaa!
Mi primera clase para principiantes no fue difícil, así que fui corriendo por mi falda con moneditas y sacar los mallones empolvados. En la danza árabe se mueven todos los músculos que tenemos, jamás pensé que la cadera se pudiera mover con tanta armonía en todas direcciones, con movimientos lentos y redondos imitando la luna o como rápidas vibraciones solares, fue una revelación para mi feminidad, ¡se valía ser bipolar en esta danza sin ser ferozmente criticada!
Me enamoré de la capacidad de mis manos que podían bailar hipnóticamente una música que sugería un ritmo más acelerado, me miraba a mí misma mover brazos y codos, las muñecas... la punta de los dedos decorando las melodías. Me gustan mis brazos que semejan las alas de un ave que remonta el vuelo, mientras mis manos son olas tranquilas del mar, es un privilegio sentir la tierra con la plenitud de mis pies.
Clases más adelante la maestra nos pidió mover el vientre, nos apenábamos de nuestra torpeza novata, hasta que nos detuvo para mostrarnos cuan hermoso podía ser entonces la danza del vientre. Puso una música de cuerdas con un candor suave, recogió su cabellera con el dorso de las manos a la nuca, mantuvo los brazos doblados arriba; ella de pie, femeninamente contraía los músculos del vientre y muy despacio los expandía, volviendo a contraerlos y soltando músculos al ritmo de la plácida música…nos dejó mudas, las pupilas nos brillaban conmovidas. ¡Eramos un grupo de mujeres agradecidas por tener un vientre y lo manifestábamos con belleza, en un momento derrocamos la vergüenza que nos enseñaron por la forma del mismo, sentíamos orgullo de poseerlo!
(No en vano el origen de la danza del vientre se inició con mujeres, solicitando el favor a las deidades de la fertilidad para tener descendencia. Pasaron siglos y se tornó más sofisticada, tanto que Napoleón Bonaparte quedó cautivado y llevó este bailarinas a Francia, tristemente esas sacerdotizas las convirtieron en amenizadoras...años más tarde los conquistadores buscaron otras diversiones.)
Las siguientes clases comenzaron a complicarse, primero por la falta de flexibilidad de mi cuerpo, después por la dureza de mi pensamiento. Entender que mi vientre es hermoso, tuviera la forma que tuviera, fue una cosa, pero mover el pecho u otras partes de mi cuerpo insinuando sensualidad a la vista de todos, fue otra. Para poder externarlo, tenía que venir de adentro, para reflejarlo, debía tener luz interna propia.
¿Complicado?¡complicadísimo! sobre todo, si nunca te enseñaron libertad o te aleccionaron para temer tu propia imagen por tu vestimenta, o cuidar tus movimientos para no ser malinterpretada y por consiguiente utilizada, burlada y abandonada. Caminas en la disyuntiva de ser santa o prostituta, con la amenaza de ser violada, aún si no has insinuado nada. Finalmente, en algún momento te descuidas, de cualquier modo, algún dolor de autoestima tiene uno en la vida.
Quería renunciar a las clases de danza árabe, dudaba por qué debía yo andar moviéndome libre y sensual a la vista de todos, ¿para qué? ¿para quién? Me cuestionaba a mí misma ¿qué pensaría mi familia, se reirían mis conocidos y amigos?…¿que imaginarían mis vecinos al escuchar la música? Durante la clase aprendimos algunas técnicas, bailábamos distintos ritmos, practicábamos coordinar piernas, cabeza, brazos y cadera todo a la vez, la maestra nos puso un ejercicio más, nos pidió hacer una secuencia para luego improvisar, bailar imaginariamente para alguien. Pensé dedicarle mi danza a mi novio en turno, pero mi pensamiento ya había revolucionado, cerré los ojos y con el corazón comencé a bailar para mí misma, en agradecimiento por tener un cuerpo… al final del ejercicio la maestra nos corrigió calificándonos a todas, y me dijo: -no sé para quien has bailado, pero eso fue ¡muy, muy bonito! Fue el primer destello de mi luz interior…
Supe que todo en mí es precioso y valioso, tomé un nuevo nombre conforme a mi recién descubierta identidad. Todas las bailarinas escogen llamarse de manera especial... Me tomó tiempo elegirlo, me gustan todos los colores y matices de Marruecos al norte de Africa, recorrí el desierto para llegar a Egipto y abastecerme de milenios, subí a Istambul, me fuí a pasear entre los cedros del Líbano, por supuesto abracé el muro de los lamentos en Jerusalem... no paré ahí, me llamaba toda la extensión de Arabia y el mar del golfo pérsico hasta Yemen, ahí compré mi vestido primorosamente bordado con hilos de plata, crucé el mar, volví al desierto y admiré la arquitectura de Bagdad, el sonido tribal de Pakistán me atrajo con lazos de amor para toparme con el elefante blanco de la India, manos de doncella decoradas con hena acariciaron mi cabeza mientras me peinaban, nuevamente colores, aromas, sabores, texturas, modales, sensaciones, sentimientos... ¿cómo elegir una sola palabra entre toda esa belleza?
Mi primera clase para principiantes no fue difícil, así que fui corriendo por mi falda con moneditas y sacar los mallones empolvados. En la danza árabe se mueven todos los músculos que tenemos, jamás pensé que la cadera se pudiera mover con tanta armonía en todas direcciones, con movimientos lentos y redondos imitando la luna o como rápidas vibraciones solares, fue una revelación para mi feminidad, ¡se valía ser bipolar en esta danza sin ser ferozmente criticada!
Me enamoré de la capacidad de mis manos que podían bailar hipnóticamente una música que sugería un ritmo más acelerado, me miraba a mí misma mover brazos y codos, las muñecas... la punta de los dedos decorando las melodías. Me gustan mis brazos que semejan las alas de un ave que remonta el vuelo, mientras mis manos son olas tranquilas del mar, es un privilegio sentir la tierra con la plenitud de mis pies.
Clases más adelante la maestra nos pidió mover el vientre, nos apenábamos de nuestra torpeza novata, hasta que nos detuvo para mostrarnos cuan hermoso podía ser entonces la danza del vientre. Puso una música de cuerdas con un candor suave, recogió su cabellera con el dorso de las manos a la nuca, mantuvo los brazos doblados arriba; ella de pie, femeninamente contraía los músculos del vientre y muy despacio los expandía, volviendo a contraerlos y soltando músculos al ritmo de la plácida música…nos dejó mudas, las pupilas nos brillaban conmovidas. ¡Eramos un grupo de mujeres agradecidas por tener un vientre y lo manifestábamos con belleza, en un momento derrocamos la vergüenza que nos enseñaron por la forma del mismo, sentíamos orgullo de poseerlo!
(No en vano el origen de la danza del vientre se inició con mujeres, solicitando el favor a las deidades de la fertilidad para tener descendencia. Pasaron siglos y se tornó más sofisticada, tanto que Napoleón Bonaparte quedó cautivado y llevó este bailarinas a Francia, tristemente esas sacerdotizas las convirtieron en amenizadoras...años más tarde los conquistadores buscaron otras diversiones.)
Las siguientes clases comenzaron a complicarse, primero por la falta de flexibilidad de mi cuerpo, después por la dureza de mi pensamiento. Entender que mi vientre es hermoso, tuviera la forma que tuviera, fue una cosa, pero mover el pecho u otras partes de mi cuerpo insinuando sensualidad a la vista de todos, fue otra. Para poder externarlo, tenía que venir de adentro, para reflejarlo, debía tener luz interna propia.
¿Complicado?¡complicadísimo! sobre todo, si nunca te enseñaron libertad o te aleccionaron para temer tu propia imagen por tu vestimenta, o cuidar tus movimientos para no ser malinterpretada y por consiguiente utilizada, burlada y abandonada. Caminas en la disyuntiva de ser santa o prostituta, con la amenaza de ser violada, aún si no has insinuado nada. Finalmente, en algún momento te descuidas, de cualquier modo, algún dolor de autoestima tiene uno en la vida.
Quería renunciar a las clases de danza árabe, dudaba por qué debía yo andar moviéndome libre y sensual a la vista de todos, ¿para qué? ¿para quién? Me cuestionaba a mí misma ¿qué pensaría mi familia, se reirían mis conocidos y amigos?…¿que imaginarían mis vecinos al escuchar la música? Durante la clase aprendimos algunas técnicas, bailábamos distintos ritmos, practicábamos coordinar piernas, cabeza, brazos y cadera todo a la vez, la maestra nos puso un ejercicio más, nos pidió hacer una secuencia para luego improvisar, bailar imaginariamente para alguien. Pensé dedicarle mi danza a mi novio en turno, pero mi pensamiento ya había revolucionado, cerré los ojos y con el corazón comencé a bailar para mí misma, en agradecimiento por tener un cuerpo… al final del ejercicio la maestra nos corrigió calificándonos a todas, y me dijo: -no sé para quien has bailado, pero eso fue ¡muy, muy bonito! Fue el primer destello de mi luz interior…
Supe que todo en mí es precioso y valioso, tomé un nuevo nombre conforme a mi recién descubierta identidad. Todas las bailarinas escogen llamarse de manera especial... Me tomó tiempo elegirlo, me gustan todos los colores y matices de Marruecos al norte de Africa, recorrí el desierto para llegar a Egipto y abastecerme de milenios, subí a Istambul, me fuí a pasear entre los cedros del Líbano, por supuesto abracé el muro de los lamentos en Jerusalem... no paré ahí, me llamaba toda la extensión de Arabia y el mar del golfo pérsico hasta Yemen, ahí compré mi vestido primorosamente bordado con hilos de plata, crucé el mar, volví al desierto y admiré la arquitectura de Bagdad, el sonido tribal de Pakistán me atrajo con lazos de amor para toparme con el elefante blanco de la India, manos de doncella decoradas con hena acariciaron mi cabeza mientras me peinaban, nuevamente colores, aromas, sabores, texturas, modales, sensaciones, sentimientos... ¿cómo elegir una sola palabra entre toda esa belleza?
Nos enseñó a bailar con velo para envolvernos y alegres desenredarnos de él, imitar el vuelo con alas de mariposa, flotar como nube, o ser tan intensa como una flama. Aprendí que la bailarina transmite la belleza más por su pasión que por su complexión, y eso no nos hace conformistas, sino conocedoras de nuestro propio valor aquí y ahora en nuestras cuatro coordenadas. Nos mostró que el cabello también puede bailar y gritar libertad, no es necesario ser musulmana para sacudirme viejas, obtusas y tontas creencias de la cabeza adquiridas "por generaciones en mi familia, a través de la historia, desde el cautiverio de Persa, la esclavitud en Egipto, el dominio griego y romano, la invasión árabe en España; por sacrificios en rituales asesinos, la conquista de mi tierra azteca, el mestizaje, la venta o intercambio por mercancía, la lucha por tener la luz del alfabeto para dejar de ser invisible o menor de edad en asuntos de hombres." Debo confesar que cuando bailo mi cabello, grito, me solidarizo con todas esas mujeres que no pueden ondear su bandera con libertad.
"Me rebelo, tomo fuerzas y bailo por mí y por todas las de mi género: la soltera, la viuda, la casada, la triste, la callada, la pobre, la inocente, la violada, la afligida, la ignorante, la fiel, la engañada, la hermosa, la adúltera, la prostituta, la sirvienta, la campesina, la artesana, la madre de muchos hijos, la vendedora ambulante, la costurera, la secretaria, la educadora, la cuidadora de ancianos, la enfermera…"
Hoy soy mujer con aroma de jazmines y estrellas en el cabello, me alimento de miel, pan de higos y nueces, me ondulo como serpiente, piso como un felino, respiro limpio como ave, descanso al vaivén de las elegantes aguas del Nilo; me arrullo y amo, sobre todas las cosas, con la música de Dios.
Betina
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