martes, 29 de junio de 2010

CONFESIONES de BELLY DANCER...

(Primera parte)

No fue en 2007 cuando empecé a tomar clases de danza árabe y amar este arte, sino fue mucho antes …¿en qué momento?
En el sexto grado de Primaria hicimos un trabajo sobre Egipto, Alfonso Miranda propuso el tema, yo no tenía la más mínima idea y en mi corta vida había yo visto la revista “Nacional Geographic” y ¡él tenía toda la colección! Alfonso quizá fue el que provocó en mí el interés por la historia de estas regiones y la antropología. Recuerdo cuan vasta era la información y fotografías sobre esculturas, dioses, pirámides, animales, costumbres, vestimenta, culto a la muerte, música, ciencia, navegación, felinos, vino y trigo, la elaboración de pan, esclavos, joyas, enigmáticos jeroglíficos, jerarquías, linaje de reyes y faraones, era demasiado para una niña de 11 años… yo creo que por eso lo guardé en el corazón.
En mi adolescencia tuve una amiga semi-judía y queríamos aprender sobre su religión perdida, coleccionábamos todo, una película, palabras, una frase, un rostro, un libro, anécdotas del holocausto, un fetiche, lo que fuera con tal de acercarnos. Ambas teníamos una atracción por esas barbas negras, las sinagogas y la estrella de David, sentíamos una distancia abismal para conocerlos o hablar con ellos, su papá no hablaba sobre el tema, su mamá nada ortodoxa no sabía mucho, pero un día nos hizo escuchar música árabe, en la portada del disco había una bailarina exótica casi desnuda, al verla pensé: esto es burdo, no, no es lo que busco pero, vamos conociendo. La música no era excelente, sin embargo me enseñó mis primeras palabras en árabe “ya-habibi” (mi amor), nos contó que el baile flamenco fue producto de la influencia árabe, que su gemir apasionado lo heredaron de los cantos religiosos del Islam… fuí archivando poco a poco sonidos de guitarras andaluzas, chalinas, castañuelas, el color de las gitanerías...

En mis tiempos universitarios, de católica me hice cristiana por amor y convicción, ahí tomó fuerza esa fascinación por las costumbres, la comida, el idioma, la música y la danza, pero mucho más por el pueblo judío y el medio oriente. Encontré “de casualidad” a un grupo de jóvenes misioneros que se capacitaban para ir a los musulmanes en el norte de Africa y planeaban ir a ellos. La sola idea de viajar me hizo soñar…a mis 22 sufrí por no haber calificado para misionera, honestamente estaba muy lejos de ese complicado perfil. En la Biblia dice que “donde está tu tesoro, está tu corazón” y también que “de la llenura del corazón, habla la boca”, creo que uno empieza a vivir ciertas metamorfósis…

Muchos años más tarde, se me concedió la época de los viajes constantes a países desarrollados, en donde gente de todas partes del mundo habita ciudades buscando mejor calidad de vida, taxistas de medio oriente que al arribar a los aeropuertos me tomaba como su paisana y me hablaba con el idioma árabe de su pueblo, me sorprendía, me daba risa, me regocijaba pensar que mi rostro o no sé qué en mí me hacía semejante a la gente que yo amaba desde muchos años atrás. En una ocasión casi me detienen en migración de Londres por tener la fisonomía árabe con intenciones de poner ¡más bombas en el metro! En otra, en el mismísimo París, iba disfrutando mi caminar soleado y veraniego por esas tranquilas calles empedradas del barrio de Montmartre cuando un muchacho rubio repentinamente me saluda con un lindo “Shalom!”. Otra sorpresa fue en Coyoacán, en un restaurante libanés, terminando de comer pedimos café, me acerqué a la vitrina para antojarme los pastelillos y escoger entre los “dedos de novia” o los jamoncillos de pistache, el dueño me encuentra y explica: -no tarda, ya casi está listo, es que lo hacemos como en casa-, con una enorme sonrisa y entera ignorancia le pregunté (porque sé que es un auténtico ritual): -¿me podría mostrar como preparan el café? el propietario de cejas pobladas abrió los ojos como pan árabe y me regañó -¡no me digas que a tu edad no sabes hacer café!, ¡es que no es posible! Al oír su disgusto le comenté: -¡Ah!, no, no, no… jeje… No soy libanesa- pero él, con una ceja levantada, ¡no me creyó!
Después de esas experiencias, pasaron algunos años, luego tuve una fuerte depresión y buscaba respuestas, un día Dios la puso en mi camino...

CONFESIONES de BELLY DANCER...




(SEGUNDA PARTE)

La puerta del centro de Yoga estaba cerrada, se oía música conocida por mi alma, escuché el sonido de muchos cascabeles, campanitas o panderos, no podía definir qué eran pero mi corazón reconoció ritmos, como si hacía mucho que no la escuchaba, es algo que no puedo explicar. Insistí en que me abrieran, no sabía que no podía pasar. Había un grupo de mujeres jóvenes y no tan jóvenes imitando los movimientos de su maestra menuda, cabello largo y ojos finitos, iban con faldas con moneditas amarradas por la cadera que sonaban al caminar descalzas por el salón con piso de parquet; pero la música… la música árabe fue la que me cautivó. Estuve mirando sus secuencias por 15 minutos y me enganché, a primera vista creí poder bailar lo mismo que todas, jaa!
Mi primera clase para principiantes no fue difícil, así que fui corriendo por mi falda con moneditas y sacar los mallones empolvados. En la danza árabe se mueven todos los músculos que tenemos, jamás pensé que la cadera se pudiera mover con tanta armonía en todas direcciones, con movimientos lentos y redondos imitando la luna o como rápidas vibraciones solares, fue una revelación para mi feminidad, ¡se valía ser bipolar en esta danza sin ser ferozmente criticada!
Me enamoré de la capacidad de mis manos que podían bailar hipnóticamente una música que sugería un ritmo más acelerado, me miraba a mí misma mover brazos y codos, las muñecas... la punta de los dedos decorando las melodías. Me gustan mis brazos que semejan las alas de un ave que remonta el vuelo, mientras mis manos son olas tranquilas del mar, es un privilegio sentir la tierra con la plenitud de mis pies.
Clases más adelante la maestra nos pidió mover el vientre, nos apenábamos de nuestra torpeza novata, hasta que nos detuvo para mostrarnos cuan hermoso podía ser entonces la danza del vientre. Puso una música de cuerdas con un candor suave, recogió su cabellera con el dorso de las manos a la nuca, mantuvo los brazos doblados arriba; ella de pie, femeninamente contraía los músculos del vientre y muy despacio los expandía, volviendo a contraerlos y soltando músculos al ritmo de la plácida música…nos dejó mudas, las pupilas nos brillaban conmovidas. ¡Eramos un grupo de mujeres agradecidas por tener un vientre y lo manifestábamos con belleza, en un momento derrocamos la vergüenza que nos enseñaron por la forma del mismo, sentíamos orgullo de poseerlo!

(No en vano el origen de la danza del vientre se inició con mujeres, solicitando el favor a las deidades de la fertilidad para tener descendencia. Pasaron siglos y se tornó más sofisticada, tanto que Napoleón Bonaparte quedó cautivado y llevó este bailarinas a Francia, tristemente esas sacerdotizas las convirtieron en amenizadoras...años más tarde los conquistadores buscaron otras diversiones.)

Las siguientes clases comenzaron a complicarse, primero por la falta de flexibilidad de mi cuerpo, después por la dureza de mi pensamiento. Entender que mi vientre es hermoso, tuviera la forma que tuviera, fue una cosa, pero mover el pecho u otras partes de mi cuerpo insinuando sensualidad a la vista de todos, fue otra. Para poder externarlo, tenía que venir de adentro, para reflejarlo, debía tener luz interna propia.
¿Complicado?¡complicadísimo! sobre todo, si nunca te enseñaron libertad o te aleccionaron para temer tu propia imagen por tu vestimenta, o cuidar tus movimientos para no ser malinterpretada y por consiguiente utilizada, burlada y abandonada. Caminas en la disyuntiva de ser santa o prostituta, con la amenaza de ser violada, aún si no has insinuado nada. Finalmente, en algún momento te descuidas, de cualquier modo, algún dolor de autoestima tiene uno en la vida.

Quería renunciar a las clases de danza árabe, dudaba por qué debía yo andar moviéndome libre y sensual a la vista de todos, ¿para qué? ¿para quién? Me cuestionaba a mí misma ¿qué pensaría mi familia, se reirían mis conocidos y amigos?…¿que imaginarían mis vecinos al escuchar la música? Durante la clase aprendimos algunas técnicas, bailábamos distintos ritmos, practicábamos coordinar piernas, cabeza, brazos y cadera todo a la vez, la maestra nos puso un ejercicio más, nos pidió hacer una secuencia para luego improvisar, bailar imaginariamente para alguien. Pensé dedicarle mi danza a mi novio en turno, pero mi pensamiento ya había revolucionado, cerré los ojos y con el corazón comencé a bailar para mí misma, en agradecimiento por tener un cuerpo… al final del ejercicio la maestra nos corrigió calificándonos a todas, y me dijo: -no sé para quien has bailado, pero eso fue ¡muy, muy bonito! Fue el primer destello de mi luz interior…

Supe que todo en mí es precioso y valioso, tomé un nuevo nombre conforme a mi recién descubierta identidad. Todas las bailarinas escogen llamarse de manera especial... Me tomó tiempo elegirlo, me gustan todos los colores y matices de Marruecos al norte de Africa, recorrí el desierto para llegar a Egipto y abastecerme de milenios, subí a Istambul, me fuí a pasear entre los cedros del Líbano, por supuesto abracé el muro de los lamentos en Jerusalem... no paré ahí, me llamaba toda la extensión de Arabia y el mar del golfo pérsico hasta Yemen, ahí compré mi vestido primorosamente bordado con hilos de plata, crucé el mar, volví al desierto y admiré la arquitectura de Bagdad, el sonido tribal de Pakistán me atrajo con lazos de amor para toparme con el elefante blanco de la India, manos de doncella decoradas con hena acariciaron mi cabeza mientras me peinaban, nuevamente colores, aromas, sabores, texturas, modales, sensaciones, sentimientos... ¿cómo elegir una sola palabra entre toda esa belleza?

Nos enseñó a bailar con velo para envolvernos y alegres desenredarnos de él, imitar el vuelo con alas de mariposa, flotar como nube, o ser tan intensa como una flama. Aprendí que la bailarina transmite la belleza más por su pasión que por su complexión, y eso no nos hace conformistas, sino conocedoras de nuestro propio valor aquí y ahora en nuestras cuatro coordenadas. Nos mostró que el cabello también puede bailar y gritar libertad, no es necesario ser musulmana para sacudirme viejas, obtusas y tontas creencias de la cabeza adquiridas "por generaciones en mi familia, a través de la historia, desde el cautiverio de Persa, la esclavitud en Egipto, el dominio griego y romano, la invasión árabe en España; por sacrificios en rituales asesinos, la conquista de mi tierra azteca, el mestizaje, la venta o intercambio por mercancía, la lucha por tener la luz del alfabeto para dejar de ser invisible o menor de edad en asuntos de hombres." Debo confesar que cuando bailo mi cabello, grito, me solidarizo con todas esas mujeres que no pueden ondear su bandera con libertad.
"Me rebelo, tomo fuerzas y bailo por mí y por todas las de mi género: la soltera, la viuda, la casada, la triste, la callada, la pobre, la inocente, la violada, la afligida, la ignorante, la fiel, la engañada, la hermosa, la adúltera, la prostituta, la sirvienta, la campesina, la artesana, la madre de muchos hijos, la vendedora ambulante, la costurera, la secretaria, la educadora, la cuidadora de ancianos, la enfermera…"

Hoy soy mujer con aroma de jazmines y estrellas en el cabello, me alimento de miel, pan de higos y nueces, me ondulo como serpiente, piso como un felino, respiro limpio como ave, descanso al vaivén de las elegantes aguas del Nilo; me arrullo y amo, sobre todas las cosas, con la música de Dios.

Betina

martes, 22 de junio de 2010


"DESNUDA"
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

Pablo Neruda



¿QUIEN CONOCE SU PROPIA ESPALDA
Y MIRA POR DETRAS MIENTRAS SE VA DE FRENTE?

Quizá viste la película "La historia de Lisboa" de Wim Wenders, con la música maravillosa de "Madredeus". Trata de un cineasta que le deja toda las imágenes a su amigo y colaborador para que le ponga sonido. La fotografía es de la ciudad de Lisboa y el captador de sonido tiene que "seguirle los pasos" al director através de esas imágenes. Al final el cineasta cuenta que las tomas fueron hechas por su espalda porque siempre quiso saber -y ver- ¿qué pasaba detrás de él mientras caminaba?, quería saber qué sucedía cuando él no podía observarlo. No trata de querer enterarse de lo que dice la gente cuando uno voltea la espalda, sino de tener otras perspectivas, otros modos de ver...

En una ocasión le pedí a Luc que tomara fotos de mi espalda, que yo misma tampoco conocía; es obvio, toda la vida nos enseñan a mostrar lo mejor del rostro y sonreír, cuidar el marco de la cara con el cabello y peinado, pero ¿quién se preocupa porque la espalda luzca fabulosa? confieso que al observar esas fotos me sorprendió muchísimo ver ¡cuán bellísima es! Como dibujante, creo que puedo copiar mi cuerpo de frente sin problema, pero difícilmente podré reconocer, una a una, las líneas del dorso de mi cuerpo. Estoy convencida que somos una creación perfecta, que cada línea de la piel está perfectamente colocada, las articulaciones, la capacidad de tensión y flexibilidad, como las sombras que produce el volúmen de los músculos es fascinante. Fue un experimento por demás cautivador, hipnótico e interesante.

Betina.

sábado, 5 de junio de 2010

OTTO, mi auto increíble...


Fue un lunes 6 de Enero de 2004 a las 20:00hrs, fecha especial llena de magia para los niños y para todo aquel que reciba regalos y quiera creerlo así. Te vas a reír de mí por cursi, pero fui por él totalmente emocionada a la agencia, me arreglé y peiné diferente, ese día “Otto”, mi primer auto en la vida al fin sería mío.
Debo confesarles que, escasamente un mes antes, tomé un curso de manejo en sábado y domingo y en horario estratégico por la “Escuela de manejo” de 7:00am a 9:00am para aprender a conocer un auto, conducirlo, estacionarlo sin causar daños, y por supuesto, liberar la tensión desde el estómago con un florido lenguaje mexicano, de otra manera ese curso hubiera sido incompleto. (Lo que si no recuerdo, es que me hubieran enseñado el reglamento de tránsito...)

La agencia de la Volkswagen sobre División del Norte y Eje 7, me vió escoltada por el Sr. Raúl Avilés, el mecánico que atendía a toda la familia por años y felices marcas, así que “Otto” estuvo bien apadrinado.
El vendedor de la VW de camisa blanca y corbata negra, bien arremangado, se acercó a mí apresurado, jadeando: - ¡Buenas noches, Srita. García, solo lo están lavando y listo, ya se lo traen! Yo, toda ecuánime le contesté: - No, no hay problema, yo espero… pero para mis adentros suplicaba: -¡ay, yaaaaa, que no se tarden, ya quiero verlo! Pasaron como 100 años, de repente lo reconocí a ciertos metros todo guapo con sus luces pispiretas, venía andando hacía mí despacito, y el corazón me latía a ritmo brasileño. Olía a nuevo por todos sus rincones, ¡estaba para concurso de belleza y estoy segura que hubiera ganado!

Era una noche de Enero oscura y empezó a lloviznar, pero no me importó. A un lado de la agencia había una gasolinera, portaba en mis manos 250 pesos en billetes y contenta pedí al despachador que llenara el tanque ¡y me sentí millonaria! El Sr. Raúl iba de copiloto… olvidé comentarle que mi único curso de manejo habían sido aquel fin de semana mañanero fresco, vacío y silencioso. De tanta emoción, ¡¡¡¡¡¡olvidé que no sabía manejar!!!!!!

Muchas veces creo que “Otto” tiene sentimientos, estos 6 años se ha portado leal como un corsel con su caballero (osea, yo) ha sido bravo y fuerte en las adversidades, no le ha temido a los trancazos o al hambre, no lo ha intimidado el tránsito pesado, la densidad del humo repentino, ni los encharcamientos o inundaciones… o dormir en la calle. ¡De veras que merece un premio! es más, su segundo nombre debería ser: “Rocinante”, ¡cuántas aventuras hemos vivido juntos!.

“Otto” ya es un adulto, casi 6 años, estoy convencida que le cuentan como a los gatos, 7 años por año... ¡casi somos de la misma edad! Con razón me entiende.
Me ha aguantado en las buenas, en las malas y en las peores…en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad… Hasta cierto modo, en ocasiones lo veo medio flaco y ojeroso, en cambio cuando era joven era feliz llevándome en las alas del viento, me pedía más velocidad… ¡era como un pegaso!. Juntos hemos visto muchos amaneceres y atardeceres; en algunas “jarras” -no te sorprenderá- pero le tocó ser el conductor resignado, juro que él me llevó a mi destino en muchas ocasiones, y lo digo con pena, no me enorgullezco. “Otto” ha cantado horas enteras conmigo, ha estado cuando he tenido el corazón lleno de música y alegría, en cóleras olímpicas, pero también en absoluta tristeza… Le agradezco al Cielo que en ocasiones me hizo sentir como un piloto del "grand prix" por el circuito y el periférico, ¡su gasolina era mi adrenalina! jaa... Me hizo entender que no importaba el linaje, la carrocería, ni el lujo de los interiores, sino el motor del corazón, podía arrebatar lo que fuera porque nos sobraban agallas y eso bastaba. Era joven, el mundo era suyo y me lo puso en bandeja de plata.

Ha sido suficiente darle las gracias y palmaditas en el cuello a este corsel, dejarlo descansar para reponer energía y seguir camino para la siguiente jornada. Está llegando su hora, solo quise platicarles un poco de él…

Betina.

miércoles, 2 de junio de 2010

LONDON NIGHTS

No es fácil de creer, pero hace varios años me sucedió en Londres.
Describir ese cansancio después de viajar por avión 11 horas y esperar otras 2 horas más para llegar a dormir en un suave colchón de un pequeño pero acogedor hotel, en un precioso y desconocido barrio londinense, es como de una súper cruda, traes 6 u 8 horas de diferencia de horario, no quieres nada mas que dormir ya, en donde sea, lo más pronto posible, te encuentras al borde del desmayo. Me tiré a dormir con ropa, calcetines y zapatos, boca abajo con el cabello cubriéndome la cara y por supuesto dormí delicioso, como un bebé.

Descansé unas cuantas horas, cuando para mí eran las diez de la mañana, para los ingleses faltaba poco para la hora del té. No sentí el tiempo, mientras que para mí apenas era la una de la tarde, todo London ya habían cenado. Salí del hotel para respirar el aire fresco, acababa de llover; así que esa tarde fue completamente inglesa, sólo para mí, porque en las calles todos corrían molestos por la lluvia, la única caminante sin paragüas sonriente era yo, sintiendo el fresco en la cara -aunque arreció- yo seguía feliz recorriendo las calles estrechas, mirando las fachadas siempre blancas y continuas con geranios y malvones en todas las ventanas, como celebrando mi visita.
Todos volvían del trabajo, algunas parejitas iban abrazadas. Aún había luz y me di a la tarea de buscar donde desayunar ¿o cenar? Siguió la llovizna, todo mundo estaba apurado por ese pavimento brillante, queriendo terminar su día.
Regresé al viejo hotel con alfombra vino y paredes color mantequilla, subí por las crujientes escaleras, recorrí el pasillo nuevamente buscando el número de mi cuarto realmente pequeño, todo estaba perfectamente colocado en ese breve espacio, en donde no cabía nada más, solo lo indispensable. Pegada a la pared, junto a la ventana que daba a la calle una cama ancha, 2 espejos, una mesa de noche, dos tazas de porcelana y una cafetera blanca, la tele, todo, todo en chiquito.
Cansada aún, me senté en una orilla de la cama, me miré en el espejo con el cabello empapado. El cuarto encerró mucho calor, yo le añadí más con el vapor de mi cuerpo mojado. Despacito la luz cedió, pasaron las horas, luego las once de la noche y no podía dormir pues eran las 5pm para mí en mi reloj biológico. Leí varios folletos con los diferentes atractivos para conocer en la ciudad, miré la televisión, leí de nuevo, planeé mi itinerario para visitar Londres al día siguiente y nada… no lograba conciliar el sueño,¡ay no, al día siguiente sería igual! Estaba sola en esa ciudad. Sentí pena desperdiciar esa cama tan ancha y mullida solo para mí iluminada a través de la cortina delgada; afuera se oía el viento soplar entre las ramas de los árboles altos, curiosos de mí, vigilando, ocultándose tras la vieja abadía.
Cerré los ojos, pensé en ti, me aventuré con todas mis fuerzas volar sobre los tejados de Londres hasta tu casa…

La mente es poderosa ¡a medianoche empecé a volar! La noche era fresca, el vientecillo soplaba entre mi delgado camisón sin mangas. Bajo de mí veía la ciudad iluminada, toda en oro, sonreía porque yo la apreciaba de esa manera.
Como personaje de cuento volé rodeando el Big Ben todavía más grande al verlo tan cerca, el Parlamento -aún de noche- era serio e imponente, los museos estaban dormidos mientras el puente de Londres dejaba oír el leve sonido del río que daba la impresión de llevar peces plateados. La cruel torre de Londres con los cuervos satinados parecían asustados de mí, creo que pensaron en su hora final al verme volar, pero no, aún no merecen mi ira… ¡algún día vengaré su crueldad!. Buckingham, St. Jaimes Park, Picadilly y todos los teatros londinenses perdieron belleza cuando empecé mi vuelo sobre el mar oscuro y bravo, la piel se me erizó por la emoción de escucharlo. Recordé a los valientes de guerras y batallas, pensé en las hechiceras que vienen a tomar energía, como el aplauso al artista en su espectáculo. Nunca sentí frío, yo iba girando con el viento del Atlántico, bailando suavemente… luego pensé que si era de noche para mí, pronto amanecería para tí. Si me apresuraba te encontraría dormido plácidamente.

Contenta seguí mi viaje nocturno, ¿cómo reconocería tu casa y tu habitación? me pregunté. No tardé mucho en encontrarla, ¡tu olor me guiaría hasta ti! Entonces fui bajando poco a poco como las hadas dejando a mi paso una tenue estela rosa. Al poner mi primer pie en tierra tuve la sensación de despegar en un avión, con ese dolor embriagante en el bajo vientre y todo por hallarte durmiendo solo, confiadamente en tu cama, oliendo a ti… ese olor tan tuyo a madera y especias.
El póster de un lobo en la pared me miraba fijamente, los cajones me llamaban en voz baja, me pidieron asomarme a algunos de tus secretos dentro de ellos, a lo ordenado de tu habitación y a tus zapatos bien formaditos. Pero tu aroma era superior. Yo no sabía si seguir mirándote o meterme entre tus sabanas tibias llenas de ti y sin despertarte acomodarme entre tus brazos, “pedirle al sol” que se detuviera varias horas y quedarme así contigo disfrutando el sueño. Me llenaba los ojos con tus muslos que siempre me atrapan, quise con mis mejillas acariciarte el pecho felpudo, acerqué mis labios a tus vellos sedosos; fui dibujándote desde la clavícula hasta las costillas con mis nuevas manos de hada con alas transparentes, que permiten viajar en ese país imaginario en que todo es posible y nada detiene, ni el tiempo ni el espacio.


Betina.