domingo, 27 de mayo de 2012

Colombia, recuerdos café y oro



Estuve en Colombia por cinco ciudades en ese maravilloso país, fue una experiencia increíble conocer a los colombianos, ellos si saben de pachanga larga que bien la acompañan con aguardiente anís, tan suave, que ni sientes que estás completamente ebrio. Esto sucedió en Febrero, porque estaba desocupada y sin dinero, ¡la invitación me cayó del cielo!
Tamwood International College, es una escuela de inglés en tres ciudades de Canadá y tiene camps de verano para niños en Canadá y Estados Unidos, me invitó a promover sus programas en la amurallada Cartagena, ¡bohemia, colorida, costa preciosa! Me habían hablado de su encanto, pero no es real hasta que estás entre sus poéticos balcones y marcos blancos pintados en puertas y ventanas de una arquitectura vieja española, que te hace suspirar; aunado que al caminar en sus calles empedradas, hueles sal al respirar. La herencia árabe-española se mezcla de buen gusto con la raza negra e indígena. Las esculturas cachetonas y gordas de Botero me gustan, los complejos no les interesan en Cartagena, viven la vida con sabor a mar.

Barranquilla es una chica sin prejuicios, me revela que celebra un carnaval cada año donde se les permite todo. Había una luna llena esplendorosa, en el cielo, las nubes la saludaban corriendito, aprovechando el viento que si bien se sentía fresco, conservaba la tibieza y sabor salino de la playa. Sentía que flotaba entre el humito que salía de mi taza de café, que presume ser el mejor del mundo. En su andar, las mujeres se tornaba en diversos jarrones de agua decorados con motivos africanos y precolombinos. El acento era lo que más me fascinaba, no era congruente y sin embargo, era tan bello gozarse con el contraste.

Medellín alocada y relajante esmeralda, las flores me saludaban con sus encantos pero las sensuales y delicadas orquídeas me enamoraron. Después de cuatro días maratónicos de trabajo, una de las anfitrionas nos ofreció un cocktail en su casa por demás moderna, colombianamente acogedora. Ese momento de relax se tornó en una verbena muy agradable, un vino argentino estuvo conmigo, la música en vivo del rock en español nos rejuveneció en varios idiomas y nacionalidades. Ana María, la anfitriona, nos dijo que eso era solo el principio, que la experiencia en "la chiva" del día siguiente, no tendria prescendentes, y así fue... Llegó la noche, nos equiparon de un morralito rojo con una pequeña botella de aguardiente anís y una botellita de agua,  la regla: beber los contenidos y al terminar regresarlos vacíos esa misma noche. La cena fue en un típico restaurante colombiano con balcón de madera, cuadros de colores intensos y profundos como la selva; de pronto iba montada en ese viejo camión estruendoso, sin ventanas, puerta, ni escalones para subir, yo lucía mi blanquísimo y recién regalado sombrero ladeado, compartiendo con el que más, una alegría sabor a anís. Me dí cuenta que en Colombia se puede consumir con facilidad una droga que se llama vida.

Cali, ciudad de los narcos, en donde el miedo ya no se conoce, ya pasó a la historia. Solo me queda recordar las carcajadas que me causaron los comentarios: "-para ser canadiense, habla bien español", o el "-No English, no English!" cuando les hablaba con mi acento mexicano. El total y definitivo que me rebanaba de risa: "-te oigo y me parece estar viendo las telenovelas", no está demás decir que aman nuestro tele-teatro.

Al final me encontré con la montaña verde de Bogotá. Esas imágenes que miras por televisión y que parecen tan remotas, las tenía justo frente a mí.  La encontré como una mujer bonita y amable, bipolar, con todos los climas en un solo día, dicen que tú eres la eterna primavera. Se puede cortar con tijera la neblina muy de mañana, sale el sol, llovizna, sale el sol en todo su esplendor y en la noche es fresquita.

Regresé a México pero me invitaron a viajar otra vez a Bogotá por una semana. Así que volé al aeropuerto El Dorado, el acento ya me lo tenía bien aprendido. Compruebo la eficacia del producto que promuevo, los idiomas sí se aprenden en cortas estancias cuando se está inmerso en la cultura al cien por ciento. Ya pedía comida colombiana con fluidez, el exquisito arroz con coco y patacones, un platillo de la costa; existe un delicioso té llamado “aromática” con fruta deshidratada, bebí tantas versiones como días de mi visita en estas tierras de maleza y oro;  pan de yuca, obleas con arequipe (cajeta) para ir comiendo mientras caminas por la calle volteando pordoquier. Desafortunadamente estos viajes de trabajo son relámpago y no te permite disfrutar el lugar tranquilamente, me hubiera gustado tomar una taza de café humeante y delicioso en una terracita como Dios manda. El clima y paisaje bogotano te sorprende, los tienes todos en un solo día, los lugareños dicen que se visten como cebollas, es decir en capas, para irse desvistiendo conforme se presente el clima.
El museo del oro literlamente es una joya, odié que me trajeran corriendo para mirarlo de rapidito, para tener al menos una idea, solo a un mal agente de viajes y promotor de la cultura se le ocurre hacer semejante barbaridad. Por fortuna, mi rebeldía y profundo amor por la exhibición en tal museo me permitió tomarme el tiempo necesario, pese a la desorganizada anfitriona en turno.
El museo de Botero me ha hecho sonreír mucho, me cae bien el pintor, hubiera querido pedirle retratarme dada su inspiración por las gordas. ¡Me la hubiera pasado "bacanísimo"!

Completa para mí, como cuadro veneciano, la plaza del centro histórico en Bogotá extendió los brazos plena de palomas,algunas comieron grano de maíz de mi mano,  fue un bello regalito guardado para mi último día en Colombia.

Agradezco tanto a Cielo por este viaje totalmente pagado por una empresa canadiense, justo de la Columbia Británica. Cada dia del recorrido en mi mente escuchaba y sentía la música de la película "El amor en los tiempos del cólera", una mezcla de notas precolombinas, tango, balada, con tanta expectativa, locura, tristeza, pasión y desamor como la misma obra de García Márquez.

Betina.