
Se despertó al alba, se puso un vestido, luego una pañoleta oscura en la cabeza. Ella quería llevar flores a su tumba, pero no había alguna. Ella quería ir a llorar de vez en cuando ahí, porque su cuerpo estaría reposando, le resultaba antinatural llorar frente a una cajita con cenizas.
La tradición prehispánica invita a adornar con cempaxóchitl las tumbas o altares para los muertos, pues el aroma y el color sirve de lumbreras como guía hacia su hogar. Ella comió varias de estas flores, para que su cuerpo se iluminara, quería ayudar a que llegara sin demoras. Ella deseaba “tumbarse” juntos en una cama de cempaxóchtl e impregnarse de olor a tierra, de su origen humano, mirar siempre el cielo estrellado.
Ella prendió una vela y recordó: "Nunca visites panteones, ni llenes tumbas de flores, llena de amor corazones, en vida, hermano, en vida..." eran versos que su madre le había dicho tantas veces. Mil flores en su tumba ya no le alegrarían más, no podría paladear el vino, dulces, ni sus sabores favoritos, no se escucharía más el sonido de su voz y su risa después de medianoche, no se siente más el calor especial de su cuerpo. Había muchas cosas aún por preguntar…
Mira y besa amorosamente la foto de su ausente, a quien le gustaba sonreír, “ser positivo” –le decía. Dios toma lo que le pertenece… el tiempo, la vida, ella entendió al fin.
Betina
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