domingo, 14 de marzo de 2010



UN DIA CON MI AMIGA IMAGINARIA ...


Los días soleados y con viento me invitan a caminar por doquier, fuí a la Alameda llena de niños y globos, al Palacio de Bellas Artes, y al Munal en la calle de Tacuba con esa explanada maravillosa, pensé en mis gatitas lo felices que serían persiguiendo palomas, mientras el sol me besaba la cara. Caminé por el edificio de correos y luego hacia el Sanborn´s de los azulejos, tenía mucho calor y quise refrescarme un poco adentro; en la entrada de la puerta batible encontré a una monja joven y delgada que estaba al borde del desmayo. Señora mía, ¿seríais tan amable de ayudarme? me siento indispuesta!- dijo la religiosa. -Sí, sí, por supuesto entremos-, respondí yo dando mi brazo de apoyo y caminamos hacia el restaurant. -¡Dios mío, no sé qué me ocurre, estoy tan desubicada, desconozco todo. Tanto tiempo encerrada en el convento!- comentó con voz apagada. Para mi sorpresa, cuando me dí cuenta de su carita ovalada, sus cejas oscuras y esa mirada profunda…sus manos, ¿era Sor Juana? Sor Juana Inés de la Cruz??? Me sentí mucho más acalorada, ¡eramos ya dos desubicadas! Yo estaba atónita, solo la miraba reconociéndola, no sabía qué decir. Pero ella habló primero: - ¿qué le pasa señora, se siente bien? Pidamos un poco de agua que nos hace falta. Este sol me invitó a caminar, no miré por donde iba y no sé ha dónde me ha hecho llegar. Le ruego me ayudéis a regresar, estoy asustada, he visto a la gente en las calles caminar tan deprisa que me hizo recordar la horrible epidemia, y este aire tan pesado, me sofoca, está lleno de humo y polvo. Sea gentil y explíqueme, ¿hay alguna gravedad? -No hermana, nada fuera de lo común, estamos en una época de aceleramiento por todo y por nada, -no sabía como decírselo, no quería asustarla más, cómo le diría que estábamos en el siglo XXI?, ¿cómo le explicaría tantas cosas? … ¡y justo a ella que era una eminencia! -Es el año 2010-, simplemente le enuncié. ¿Estoy muerta, verdad? – de hecho, sí - le contesté. ¡Y Dios me ha permitido conocer el futuro!, agregó. Permaneció en silencio un momento con las manos en oración, hizo un largo suspiro y con una paz maravillosa exclamó: - ¡muy bien, estoy lista, guiadme!. ¡Siempre quise ser guía de turistas!, ¿pero de mi amadísima Sor Juana? ¡esto sí que es una buena chamba! Extasiada tal cual soy por todo, acepté encantada y le propuse mostrarle “mi carruaje” para movernos más rápido. Ella con algo de pudor me miraba de reojo mis pantalones blancos bombachos, por lo que le expliqué que las mujeres usábamos pantalones como los hombres sin problema y… -¡pero son transparentes como calzones!- me interrumpió, ¡Me sonrojé!, de pronto un fulano tepiteño pasó muy cerca de nosotras diciendo: -¡buenaaaaas las tengaaaaaan madreciiiiitas! Estaba a punto de reclamar cuando Sor Juana también indignada me jaló del brazo suavemente para no contestar y susurró: -¡Vénid señora, en mi vida se me ocurriría tener “ descendencia semejante”!


Tranquila y deliciosamente atravesamos por los pegasos en Bellas Artes. Mostrándole orgullosa mi flamante Pointer azul marino, la invité a subir, entonces me preguntó: - ¿donde habéis dejado los caballos? Para no entrar en detalles, le pedí confiar en mí y que subiera para no seguir asándonos. Valiente como siempre pensé que era, aunque asustada por el tránsito y el sonar de las bocinas, iba chapiadita y quietecita con su cinturón bien puesto, mirando los árboles, las fuentes y los edificios, las ventanas; ¡los semáforos le parecieron una excelente idea para hacernos civilizados! ¡Jaa! (era sábado).


La llevé a mi lugar favorito en la ciudad, pensando hacerla feliz un buen rato. Quería ver su reacción, su cara de asombro...su...su... Entramos a la “Gandhi”, de Miguel Angel de Quevedo y efectivamente su desconcierto fue apabullante, me miró con un gesto travieso y musitó: ¿es vuestra biblioteca particular? (¡¡¡Me la comía a besos!!!) -¡Sí y no!, le contesté; la tomé de la mano y dimos un recorrido para mostrarle todas las secciones, empecé por supuesto por la de Arte, después por Gastronomía internacional; ella tenía un formidable brillo en los ojos, abrió un libro sobre cocina vegetariana, ¡cambiaba de página como si hubiera encontrado un cheque al portador!. -¡Lo sabía! el pomodoro es excelente para el corazón, lo que no comprendo es que al llevarlo a Europa se volvió tan amarillo como una manzana dorada, por eso le han llamado pomme d´or, ¡claro! al regresar a su tierra mexicana ¡recuperó su hermoso color! Corrí hacía ella para que me presentara al señor pomodoro, y ¡era nuestro rojo jitomate! Tomó otro libro sumamente seductor sobre “Chocolate”, ¡se lo comía con los ojos…con las pestañas! Sonreía para sus adentros con la expresión de “esto lo supe desde hace mucho”. ¿Así que lo sabías? pregunté con un tono de “explícame eso señorita persignada”; ella aún más divertida volvió el rostro, y me confesó: -Leí textos que explicaban las características de ciertas alimentos, frutas, verduras, cereales, hierbas y especies, sus propiedades curativas, el beneficio de mezclarlas, o no combinarlas. Y fue así que preparabas platillos especiales según el humor de tus invitados y enemigos, ¿verdad?- apunté. Me observó como una niña atrapada ocultando un secreto, bajó la mirada y apenas le escuché decir: - ¿cómo lo habéis averiguado? Su pregunta me enterneció más, así que le rogué acompañarme, subir despacio conmigo a “Literatura Mexicana”. No dió crédito a lo que veía, ¡tanto autor, tanta tinta! ¡quería que le explicara sobre fotografía e ilustración de las mil portadas! las acariciaba como yo a mis gatitas. Semejaba a una niña en una juguetería, como me siento yo en las librerías tantas y tantas veces.

Por supuesto la llevé al área infantil, su cara de sol de primavera era lo que yo esperaba, reía y sonreía con tantos temas y matices. Volvió su rostro a mí y me preguntó gozosa: -pero, ¿los niños y niñas leen todo esto y no los llevan a prisión?


Entonces le mostré su obra completa, sus poesías, sus obras de teatro, un CD con sus villancicos, primero puse bajito el volúmen y le hice colocarse los audífonos, reconoció la letra y las cantaba también, con los ojos llenitos de alegría y luego preguntó aterrada: –Pero… ¿y lo habéis publicado todo??? Supe a qué se refería… No estoy segura, no creo que se haya publicado todo aún. Queriendo manejar el tema delicadamente comenté: -Sabemos de tus poemas y correspondencia con la marquesa de … -¡Pudor, querida mujer del futuro, tened pudor!, me rogó, -¿cómo os habéis atrevido a espiar mis correspondencia? ¿y a publicarlo sin mi consentimiento? De igual manera la detuve en su angustia y argumenté: - ¡Eres como entre los griegos, la décima musa de las artes, querida Sor Juana Inés de la Cruz!, toda una fuente de inspiración para muchos que aún en este siglo tienen “un amor que no se atreve a decir su nombre”, eres una mujer admirada y soñada por gente letrada y del pueblo, ¡estás considerada académicamente al nivel de un excelentísimo doctor de la Universidad de La Sorbona, en París, Francia! con una enorme capacidad intelectual. Eres totalmente respetada porque en tu época las mujeres no estudiaban, tus confesores y superioras sabían perfectamente que no solo repetías tus oraciones, ¡sino que dominabas el latín!, ¡y el modo que te celaban! Sabemos de tu basta y privada biblioteca en el piso alto de tu habitación, así como tu colección de instrumentos musicales. ¡Mira yo tengo unos crótalos en mi bolsa, y bailo con ellos! Juana Inés me atendía turbada. Sé que te gustaba dormir muchas horas, ¡igual que a mí! me reí pensando en su insubordinación a las largas horas de rezos… -¡ pero qué insolencia! ¿cuántos espías tenéis contra mí? ¿Por qué sabéis tanto?, refunfuñó ella. Sin darle oportunidad seguí: - ¡Hoy existe una educación superior con tu nombre y acuden cientos de mujeres! Se les enseña Letras, Filosofía, Arte y Gastronomía… sí, a cocinar pero con TU estilo, una monja que disfruta su mente y sus sentidos sin miedo al conocimiento, rebelándose inteligentemente, ¡tornando de cabeza a los de su época! Celebramos la muerte de manera especial y tú eres de las principales protagonistas, hemos memorizado tus versos por siglos, ¡has arrebatado nuestras lágrimas por saber darle palabras a nuestros sentimientos de manera excepcional! Me brillaban los ojos reteniendo mi emoción y Sor Juana se veía contrariada con su mirada profunda. ¡Necesito escribir una misiva!- me dijo. Para sacarla de su shock, le mostré mi celular y le enseñé a escribir un mensaje, le expliqué que ahora podemos hablar a distancia, de inmediato y cuan accesible es para todo mundo. Como era obvio, se fascinó por la tecnología y olvidó su enojo y tristeza. A pesar de su capacidad mental, era demasiado para ella, parecía cansada.


Caminamos despacio, siempre conversando, me gustaba caminar así con ella, cada paso lo hice mío; buscamos mi “carruaje”, quise hacerle unos regalos. Deseaba sentarme a beber chocolate acompañado de soletas, que sabía le gustaban tanto como el mamey (mi favorito). Quería llevarla al teatro para tan solo verla reír. Encontramos mi auto, subió y accidentalmente se abrió la guantera. Juana Inés abrió tamaños ojos y exclamó: -¿tenéis una Santa Biblia escondida en el carruaje? ¡Qué osadía!- y batió palmas de contenta. Empezó a leerla esbozando una sonrisa. – ¿No me digas que la leéis y la entendéis?, por cierto habláis un poco extraño!, -Sí, contesté, y añadí - en mi casa la tengo traducida al hebreo, inglés, francés y alemán. –¡Vaya! Entonces ¡amaís los libros como yo! , refirió Sor Juana, - ¡Sí, soy tu seguidora!, declaré devolviendo la sonrisa.




El viento seguía su curso, difuminó los colores del atardecer entre las nubes. Encendí el radio para escuchar algo clásico, la estación me favoreció con música del virreinato, Sor Juana cerró los ojos durante el camino, ¡mi felicidad era enorme!. Ella estaba muy cansada, la llevé a su casa en Isabel la Católica en el centro de la ciudad, miró las ruinas del convento y sollozó. Me dolí, la tomé de la mano como mi amiga imaginaria, sosteniéndola por un momento, un minuto largo, maravilloso que fue solo mío que nunca olvidaré.


Betina.

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