

L os vinos son como las personas: jóvenes fuertes, añejos amables, dulces, otros aún más dulces, secos, burbujeantes y festivos, tranquilos, elegantes, aromáticos, accesibles, caros, vinos para ocasiones muy especiales, de esos que nunca se olvidan.
No podemos decidir cual es el favorito porque cada uno es diferente.
El tinto que siempre está presente para realzar la buena mesa facilitando la conversación y en consecuencia la negociación bajo los efectos de cereza negra, madera, clavo, chocolate, regaliz. Vinos tintos ácidos casi ásperos, poco necesarios a nuestro gusto, pero bien asimilados hace digerible lo que no creíamos posible. Vinos relajantes, excitantes, compañeros nocturnos, de los que jamás nos podríamos cansar. Los europeos lo apetecen más en invierno por las calorías que proporcionan. ¿Será por ello que buscan vacacionar en lugares cálidos?
El vino blanco es como el anfitrión sonriente y refrescante, organiza celebraciones de todo y por nada durante la primavera y el verano. Sociable por excelencia, se mezcla con todas las frutas, aromas y sabores, no le importa, él sigue siendo la base de todos y lo sabe. Tiene una prima francesa glamorosa, deliciosa, deseable a más no poder en todos los círculos y a todos encanta: la champagne. Las divas, que con sobrado esfuerzo, copian su pajizo tono para colorearse el cabello no consiguen las brillantes estrellas que el monje Dom Perignon bebió cuando la descubrió.
Los vinos dulces color ámbar son como aquellos que nos deleitan e introducen a tantas nuevas experiencias de una manera suave y tranquila.
Si la vida puede ser en rosa, el vino también. Es algo complejo, ya que es la combinación bien estudiada de la frescura del blanco con matices tintos sofisticados, un buen porcentaje de ambas partes para entender y disfrutar nacionalidades tan extraordinarias como la mexicana o la tailandesa, que en su cocina tienen proteína animal de todo tipo, cocción de especies aromáticas que invaden los sentidos, sabores de frutos secos, frescor de verduras a disposición con notas florales y frutales. Solo un profesional rosée puede lograrlo sin inhibiciones.
Los vinos como la gente, provienen de diferentes linajes europeos en su mayoría, mezcla entre ellas mismas –cepas generosas-, y muchas veces sin saberlo heredan su esencia árabe, griega o egipcia. Incluso europeos sobrevivientes de la gran plaga, fueron remanente en un lugar recóndito entre el mar y la cordillera chilena, hoy con orgullo dicen ser oriundos del cono sur, ¿qué se le va a ser?, somos dueños del viento, llevados a tierras donde le parezca mejor florecer.
Somos como los vinos, para disfrute de quien los aprecie.
Betinois*
*Léase: Betinuá.
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